jueves, febrero 16, 2006

Iuncta

Relámpago y Lucero. Machos vacunos, castrados para desarrollar músculos. A su tiempo; despacio pero seguros, arrastraban a diario las trozas al aserradero. Nadie en el pueblo había conocido pareja más tranquila, fuerte y trabajadora. Tres yuntas habían hecho trizas y no porque fuera descompasado su andar.

Un día Lucero cayó allá por la pila de San Jullián. Relámpago jaló cien metros nada más, hasta que cansado cayó en cuenta que Lucero no trabajaría más.

El Sapo es el nuevo compañero de Relámpago. Dos días han tratado de que trabajen juntos. Relámpago, al llegar a la pila cae recuerda a Lucero y confía en que el Sapo lo arrastre cien metros.

Prefirieron dejarlos pastar. Al liberarlos, El siempre impasible Relámpago empujó al Sapo, una vez, otra vez y otra. El Sapo se alejó unos cuatro cuerpos, volteó a verlo y arremetió hacia el Relámpago. Aquel melancólico buey alzó la mirada y esperó una certera cornada en el cuello sin moverse un solo centímetro.

Edwin Enrique Soria Juárez

1 comentario:

84 dijo...

A veces me da miedo llegar al punto de Relámpago, cuando ya quien daba sentido a la vida no está y nos vemos forzados a tomar una salida o sufrir para siempre.

Me gustó mucho esto. Saludos.