domingo, mayo 14, 2017

Identĭtas


Ser extranjero implica identidad distinta. No somos iguales a nadie. Por ende, no somos idénticos. Quizá tenemos ciertos rasgos semejantes que compartimos con nuestros cogéneres. Ya no compro la publicidad del 100% Chapín, no compro, por lo tanto, la defensa a ultranza de la invasión extranjera. Valga la aclaración que, en el sentido de extranjería, cabría no sólo ser un extranjero por ser de otro país, también de otra región, otro pueblo, incluso otra casa, aunque esta fuera vecina en la misma calle. Un étranger, de donde viene la palabra, podría quedarse corta con el sentido real de ser un foráneo, se puede ser un extranjero al tener otra identidad. 

No conozco tanto mundo como quisiera, suerte he tenido con un poco de Norteamérica –no América, a secas como pretenden los gringos–, Mesoamérica y el Caribe. La impresión que tengo a eso se reduce, a esas pequeñas visitas al mundo exterior. Así que podría pensarse que desde el punto de vista de la muestra es parcializada. Somera y local. Nada cosmopolita, dirán algunos.

La identidad también es referente a la localía, relativo a la miope visión, cerrada, cubierta, muy poco profunda. Está también ligada en el imaginario a una sola cosmovisión, también a la cegada creencia en que exista una identidad nacional única y repetible. Eso provoca en ocasiones la adoración a la no invasión de un hábitat, un estatus quo que añoramos por el miedo a lo desconocido.

En cualquier caso, el leitmotiv de regresar a estas letras y escribir sobre la identidad, la extranjería o la localía, es esa convicción que existe de reducir algo tan complejo segregando los tres términos de clasificación antes expuestos a algo tan simple por miedo a entender la complejidad.

Cuanto más nos acercamos, cuantos más aumentos hagamos dentro de la identidad de algo humano, nos daremos cuenta de que es realmente una mandala, el centro de universos paralelos, lejanos y cercanos. Un taimado complejo, complicado, lleno de matices de múltiples aportaciones. Una serie infinita, densa, poblada. Una sucesión matemática de convergencia en un límite L no determinado con números enteros, más bien fracciones infinitas de universos macrocósmicos paralelos, concéntricos en diminutos microcosmos. 
 
Una identidad puede tener raíces de todos lados. Como la identidad de un guyanés, con raíces de caribes, arahuacos, españoles, holandeses, ingleses, indios y chinos. Quizá no tendrá sangre de cada una de las nacionalidades o identidades descritas, pero vive en una identidad con todos esos matices.  

La identidad en estos tiempos globales también es una ilusión. Me viene a la mente una imagen de un reciente viaje al triangulo Ixil: una madre indígena usaba su traje regional, sus hijos usaban ropa de segunda mano importada del Norte y caminaban hacia arriba de la montaña sobre senderos de tierra, luego de una jornada para recolectar leña, la cual llevaban compartida todos en mecapales, uno de ellos escuchaba música con unos audífonos Beats que seguro le envió algún pariente que trabaja en el Estados Unidos. ¿Qué identidad tiene? ¿Estará perdiendo su identidad? ¿Es culpa de la invasión extranjera su pérdida de identidad? ¿Será bueno o malo? Depende del prisma que deseemos colocarle a nuestra visión.

Todo puede ser puro visto desde lejos.

La identidad puede ser una diáfana idea o parecer un sólido bloque de costumbres milenarias, un único espejo en el que nos miramos. Un remanso donde sentirnos seguros, idénticos a nuestros semejantes, sentirnos locales y no ser extranjeros. Sí, puede ser eso visto a la distancia, pero sin hacer aumentos en su trama.

Esto no quita la importancia de saber de dónde venimos, conocer nuestra historia y determinar que nuestra identidad es poliédrica y plural, entender que somos extranjeros y locales a la vez.


Edwin Enrique Soria Juárez


Bonus Track: El Extranjero de Enrique Búnbury



La Isla de la Fantasía

Mis queridos huéspedes,
soy su anfitrión el Sr. Roarke,
bienvenidos a la isla de la fantasía.

Esta sería la frase perfecta, con ella debería de recibirse a los Animales de Proyecto cuando arriban a la Isla. Cada quien viene por un sueño, una fantasía que cumplir. No hay un Ricardo Montalván pero sí un Puertorriqueño que bien le caería el papel.
Poco queda, por no decir nada, de lo que en el 2005 enviamos a la isla. Tampoco está ya el original contenedor que servía de laboratorio. Uno nuevo lo reemplazó por allá del 2010. Quedan sí, muchos de los que en aquel momento vinieron por primera vez o de los que ya estaban en la isla cuando venimos. Aquellos de la herencia de CBI y los años dorados de la fabricación de lo que es ahora la terminal. Ahora con bandera de GEC como constructores.
de la serie 70. Las calles siguen siendo las mismas angostas de siempre y el modus vivendi de los habitantes no cambia. Las cabras y las gallinas siguen siendo silvestres. Sigue saludándose desde el carro a quien se te ponga enfrente, aunque sea la primera y última vez que lo veás. Los cañones siguen apuntando al mar desde el fuerte y las ventanas de madera siguen siendo una belleza, al menos para mis ojos. El restaurante Chino sigue en el mismo lugar y el de hamburguesas también. Sigue tronando la bachata al terminar la jornada, y al ingresar al restaurante Chino me siguen ofreciendo las mismas Tli Jaineken, de siempre. Aunque ahora entre solo. El Daihatsu suplantó al Ford, pero tiene ese mismo olor a obrero que no puede con nada, por muchos arbolitos aromáticos que se le pongan, esa mezcla de sudor y petróleo, de trabajo duro y desvelo, de Heineken y Hennessy, de overol y casco, de Animal de Proyecto.
¿Qué hacer? No mucho. Beber cerveza, salir a correr, ver televisión y (ahora que hay internet) comunicarse con la familia allá en Venezuela, Perú, Guyana, Argentina, Trinidad, o Centro América de donde proviene la mayoría. Eso es lo que hacen los expatriados que tienen la oportunidad de venir a trabajar acá. Gerentes de Proyecto, soldadores, bodegueros, electricistas, operadores de grúa, etc.
Los viernes, día de pago. La locura por la tarde. Ir al comercial para abastecer la alacena, enviar la plata a la casa, beber cerveza y visitar a las trabajadoras sociales que tuvieron que aprobar para disminuir el estrés de los animales de proyecto enclaustrados en esta su Isla de la Fantasía.
Aunque no lo crean Tatoo vive acá, claro que de francés tiene nada más el vocabulario y lo agrandado. Hervé Villechaize acá se hace llamar Tun Tun, que para ser un Escuintleco le asienta mejor que Hervé.
Proyectos más, proyectos menos, este será el devenir de la isla con sus apenas 21 kilómetros cuadrados, que cada fin de año llega a su etapa final de trabajo como sucedería en la serie de televisión. El Animal de Proyecto que le toca descanso de fin de año, luego de períodos de hasta diez meses subirá al avión con las maletas cargadas de añoranzas, de emoción por encontrarse de nuevo con la familia, una locioncita para la mujer, unas playeritas para los patojos, un aparato para medir la presión para la mamá, una picardía para la casera, un par de lentes oscuros y la esperanza por ser elegidos nuevamente para el próximo proyecto. Para estar en el lineup de algún Mefistófeles para abordar el DHC-6 Twin Otter 300 que los traerá a la Isla, piloteado aunque sea por el fantasma del mítico Capitán Pipe, un pionero e histórico aviador por estos lares, por aquello de que les toque hace escala en la isla de Saba.
Unos regresarán en enero, otros nunca. Aunque esta isla tiene algo, un vínculo con cada trabajador que ha venido. Eso lo supe cuando me despedí la primera vez que regresé a casa, con unas líneas algo trilladas de despedida. El Administrador de ese tiempo, un gran tipo él, a toda madre, se sonrió y me dijo: “Statia had something, if she likes you, you´ll be back in one way or another, and you seems like a Statia man, so, see you next time”


Edwin Enrique Soria Juárez

Publicada originalmente en Camarote 55

Le Sang de Jesus. El Haití que conocí.



Al descender del avión un bus espera para hacer el cambio de era. De la cómoda estancia del aire acondicionado y un asiento de avión a un bus con temperatura adecuada para cocimiento lento. Un horno con llantas, una lata de sardinas móvil. Al descender del bus nos movilizamos hacia el edificio de la terminal. Nuevamente con aire acondicionado acompañado del golpe térmico sobre el sudor.
Me cuentan que antes era una barraca en donde se aglutinaban todos los viajantes esperando la señal de avanzar del agente de migración. Una mano se alzaba de las cabinas para sugerir que el próximo en la línea se acercara. Pregunté a mi interlocutor sobre la el recuerdo o la imagen que guardaba de la anterior terminal, contestó que era vívido el olor, más que la imagen. Se respiraba transpiración, secreciones que taladraban el cerebro.

Luego de tomar las maletas nos esperaban dos personas para llevarnos al lugar de trabajo. Según me contaron el lugar por donde salimos era parte de la nueva terminal. Antes era se salía por un corredor cubierto para proteger el sol y la lluvia, pero no protegía de los tirones y empujones. Había que salir a paso ligero, sin soltar las maletas. Podría ser la última vez que las vieras si no te asías a ellas con fuerza. Muchos de los transportes usados por extranjeros y personas con buena posición son blindados. Para un mortal como yo, el uso de un carro de este calibre y viajar con escoltas fue raro. No cargar maletas, esperar a que te abran la puerta, no caminar primero, esperar a que revisen los ambientes en los que entrarás hasta que sean revisados, servicio, atención y reprimenda. Tu vida está en las manos de ellos.

Ya en el vehículo el trayecto hasta el hotel estuvo lleno de imágenes. Recordarme de Haití y tratar de describirlo me es difícil, me brotan las imágenes y no las palabras. Quizá frases aisladas para describir las imágenes. Las imágenes no me hablaron, gritaban y siguen chillando, vociferando sus verdades y dando alaridos a mi cerebro. Quizá por eso me es difícil escribir, entraron a mi razón por las retinas estridentemente, sin pedir permiso, azoradas y sin orientación específica. Se aglutinaron desordenadamente en mi corteza.
Drenajes a flor de tierra, irrespeto por la vida, desorden social, rejas, reductos, ripio y rimeros de basura. Literales ríos de basura, carros de policía en medio de la cinta asfáltica como garita policial, carpas, cartones, plásticos y ventas callejeras. Volcanes de ropa usada, ventas de números de lotería, televisiones apiladas en la calle y gritos de gol. UN por aquí, USAID por allá. Ventas clandestinas de gasolina con agua y aceite de motor en corredores de muerte y pobreza. Apagones y plantas generadoras de emergencia funcionando sordamente. Tacones femeninos sobre charcos de agua, inquilinos de la esperanza tomando el fresco afuera de las casas. Cascos azules y cabelleras negras e infantiles con colitas blancas listas para la escuela. Picops con carrocerías chirrionas, multicolores y alusivas a Jesús. Elotes cocidos al carbón, puestos de menudeo comercial, ventas ambulantes de refrescos y agua purificada, barberías con puertas abiertas y mujeres de la tercera edad en camisones. Edificios débiles, parchados y apuntalados. Láminas como cercos de ruinas. Pintas bramantes, leyendas de desprecio y encomio; Aba Preval, viv Aristide, Aba Lokupasyon, viv sesalin. Grafitis de Michel Jacson, Obama, Mandela y Bob Marley. Cuadros al óleo de criollos pintores.

Los animales de proyecto, los extranjeros trabajadores allá, confiesan no tener dificultades para conseguir compañía, un almuerzo, cinco dólares o una prenda de ropa. Sin embargo los más temerosos del mal del siglo prefirieren compañía segura, libre de toda culpa. Pero un pájaro que vuele por esas alturas pediría un viaje a Miami de entrada. Con suerte habrá alguna oenegera desesperada, fuera de eso el terreno no es seguro. Nada es seguro.

Me atreví a preguntar porqué Haití está como está. Las teorías son muchas, las coincidencias dos:
Los franceses son tan franceses y heredaron ese estatus. El haitiano que se supera se afrancesa. Se desprecia así mismo y los demás. Se aparta. Sube y vive en las colinas.

Si hay un problema entre tres haitianos, los gritos y maldiciones se oirán. Uno se cansará de la perorata y se retirará y ganará el pleito entre los dos restantes quien mate primero al otro.


Merci Jesus.

Edwin Enrique Soria Juárez

Publicado originalmente en: Camarote 55

domingo, agosto 09, 2015

This litle shine of mine, I´m gone a let it shine.

let it shine, let it shine, let it shine.


En otras ocasiones he tenido la oportunidad de asistir a Misa en diferentes latitudes. Movido por mi Cristiandad y la curiosidad de conocer los ritos propios de cada comunidad. Sin embargo, las comunidades del Caribe siempre me han llamado poderosamente la atención.

Hay dos actores principales en estas visitas dominicales que me motivan. La influencia europea alejada de la española en estas comunidades, que es la que conozco, y la influencia del Godspell.

Tocante a la influencia europea, en ciertas partes del rito, no son aún tan progresistas como en Latinoamérica. Aún se observan fórmulas muy antiguas y es así que funciona para ellos. Sin embargo, hay ciertos rasgos que me parecen altamente curiosos, alejados del rito y la religiosidad. Ejemplo claro de esto, es el hecho de que se publique en un lugar especial junto al púlpito, el monto de la ofrenda recaudada el domingo anterior. Situación que me parece plausible, muy transparente y digno de que en muchas iglesias se copiara, sin importar su denominación.

Aun cuando muchas de estas comunidades pertenecen al CELAM, insisto, el aire de la Iglesia Católica que conocemos no se respira acá. El único guiño que he visto es escuchar el cántico de Alabaré, alabaré, en inglés; sin embargo, la sección del coro se mantiene el coro en español. Otro bocado agridulce, muy al estilo de estas latitudes.

Por lo demás, aun cuando mastico el inglés, se me hace difícil seguir la liturgia. Las fórmulas, los rezos y los cantos en inglés me pierden. Aunque normalmente, en se te entregue un librito para seguir el rito y los cantos. He de decir, con toda sinceridad que no siento lo mismo al dar la paz y decir peace brother. Además el acento del inglés del que preside, normalmente filipinos, no ayuda y queda como otro guiño, como nota distintiva causa de la globalización, la cultura y el acento del rito.

Mi parte favorita es el Godspell. Cada vez que tengo la oportunidad descubro una nueva canción y al investigar me doy cuenta que hay muchos guiños entre la iglesia luterana, la evangélica estadounidense y ese movimiento de los cuerpos, las cuerdas bucales y el alma, que tienen los isleños y los afroamericanos.

Muchas de esas canciones son cantadas incluso por grandes de la música, como Bruce Springsteen. Muchas incluso son hits de algún conteo de muiscal, e incluso son una sección aparte al momento de premiaciones, como en los Grammy.

Cadencias, panderetas, aplausos, palmas y esas privilegiadas voces que adornan las notas musicales tan magnánimamente. Hay más gozo, más color, mucho más buen humor, que en ocasiones quizá sólo encontremos rastros de esto en iglesias muy orientadas a la Renovación Carismática, sin embargo es un tono diferente, no hay gritos ni espectáculos sobrenaturales, simplemente son voces, órganos, palmas, contoneos y manos alzadas, todo en completa armonía, sin necesidad de altos decibeles.

Aun con lo que se hiciera en Latinoamérica, sería imposible llegar a este sentido de gusto musical, de coros urbanos, voces llenas de color y armonía naturalmente. Es algo, que sin lugar a duda llevan en la sangre, es parte del imagiario cultural, raíz de su fe, del sincretismo y del gozo particular de cada raza. No es ningún secreto  que a muchos cantantes de habla inglesa los ha catapultado la participación en estos coros, muchos incluso incluyen estas canciones en sus álbumes.

Ese contoneo es el que me llena en esas visitas dominicales en estos lares, es eso lo que me mueve y me alimenta en la semana. Esos melódicos coros de voces que rebotan en mi imaginario esos siete días y más, como esta que se me quedó pegada y les comparto deseándoles un feliz domingo.





domingo, noviembre 27, 2011

Gully Wash


Lo que más me molesta de todo son las extensiones. Podía soportar los ataques de mosquitos, los gringos con falsa moral, los hipócritas vende patrias, la pose relajada de los isleños, los argentinos que se creen europeos, los europeos que se creen dueños de la verdad, la falsa identidad de los guatemaltecos y su facilidad para perder el acento, los bocazas que no paran de hablar de sus conquistas, sus masturbaciones mentales salidas de películas porno trasnochadas, las mil cucarachas que se mueren dentro del apartamento, hasta las que se mueren dentro de mis zapatos, pero no las extensiones. Las extensiones y su falsedad. Ese día que metí por primera vez mis dedos entre esa hebras de mentira que ostentabas en la cabeza, esa desdicha que me provocó descubrir el inicio de tu hipocresía, esas trenzas que sujetaban la infamia, ese pegamento entre mis dedos. Ese momento. Ese día. Esa hipocresía. Esa infamia. Ese pegamento. Ojalá hubiera sido suficiente para dejarte y botarte de la cama al siguiente día, pero me ganó el estómago.
Dejé de pensar y se apropió de mí la tripa, dejé de pensar y existí sólo para comer, para engullir, para deglutir, para devorar. Luego de este róbalo, poco me queda de comer en esta vida, me dije, tan idiota de mí, tan engañado, tan inocentemente estúpido. Esa fiesta para el paladar que preparaste. Mantequilla, piña, mango, chile pimiento, succini, zanahoria y esa copa de vino blanco. Ese pedazo de pie de queso sin esa empalagante mezcla, sin esa azarosa masa de lácteo en la boca, ese elíxir con hojuelas crocantes arriba y abajo, que era como el horizonte mismo de la playa donde lo comía. Con el cielo y el mar unidos.
Por qué. Por qué no lo intuí desde el principio, desde que me pediste permiso de tocarme el pelo. Debí saber que estaba firmando tu sentencia de muerte, que estaba firmando mi sentencia de vida, que estaba amarrando a tu cuello el lastre de un yate lujoso, y a mi cerebro ese taconeo de zapatos de zorra que me despierta cada vez que cierro los ojos en este bendito avión, cada vez que me duermo con los ojos abiertos viendo las nubes y las islitas y sus dueños, sus Castros, sus banderas híbridas, sus banderas tribales, sus banderas de estrellas, sus ritmos de caderas y raíces africanas, sus vagas identidades y sus grasientos cuerpos.
Sólo tres días me faltaban para salir de este asilo, de este paradisíaco caribe que nunca quiero pisar otra vez, este paraíso de mierda donde se importan latinos para pagarles menos que a los gringos, donde se usan negros para rellenar cupos, donde se importan gringos para idiotizarlos en verano, donde se transporta droga en ambulancias del estado, donde los negros comen KFC y Burguer King  como comer colas de langosta o ensalada de concha.
Maldita suerte, maldito del uno, el cuatro, el cinco, el siete. Malditos los cinco dólares que le metí a la lotería y malditos los ocho mil dólares que se reprodujeron como sanguijuelas. A quién se le ocurre un país sin prostíbulos, hubiera sido sencillo meterme en uno, emborracharme y que me robaran todo el dinero. No, me tuve que meter en ese restaurante de comida fusión, en ese templo de hipocresía, en esa falsedad de mezclas de culturas y sabores, en esa idiotez del sexo sin compromiso y sin pago. Estúpido de mí, de mis pensamientos inocentes.  
Bendito el momento en que te agarraste de mis piernas y rogaste que me quedara. No soporté y tiré de tus falsos pelos, como queriendo arrancar la ira que me provocó tu sexo, tu hipocresía y la laboriosa falsedad de tus rituales de belleza. Nunca pensé que la alopecia fuera tu muerte, nunca pensé que sería mi salida.

martes, junio 26, 2007

Obscēnus

Sus manos eran obscenamente delgadas. Esos dedos largos y huesudos eran interminables. Para crear una apariencia de final, en los extremos de las uñas ella pintaba unas líneas blancas, perpendiculares a sus dedos. Sin embargo, esas puntillas blancas parecían más puntas de lanza que finales de tormento.

Al final ella durmió. Con un pequeño corta uñas, Alonzo decidió librarse de los infinitos que marcaban esos huesudos dedos. Cortó lo blanco y lo menos blanco. Respiró y tomó descanso. Al despertar el rojo que brotaba había inundado la habitación y Alonzo no pudo más.

insolĭtus

Al despuntar el sol, Alonzo notó algo raro. El ambiente se tornaba intenso. La translucidez de la cortina dejaba pasar un halo que lograba paletas dantescas en la habitación. La pasta de dientes no limpiaba adecuadamente. El café no espesaba.

Al doblar la esquina, luego de salir del complejo habitacional. El voceador de periódicos le extendió el diario. La primera plana anunciaba algo insólito. Algo macabro para estos días en que todos aparecían muertos en toneles en pedacitos irreconocibles: Anciana es localizada muerta en su cama, al parecer dejó este mundo por muerte natural.

viernes, junio 15, 2007

Harmonía

Cansado de la música de supermercado, de visitar tiendas y tiendas en busca de un par de zapatos que combinaran con ese maldito vestido blanco, estampado con flores rosas. En uno de las tiendas tomó una caja de zapatos y la manoteó. El flujo de la emoción lo llevó a entonar canciones de cantina, aquellas que Alci Acosta les susurraba a las prostitutas desde la rockola del bar de su pueblo.

Al embelezo de “la copa rota” y “no renunciaré”, alzó la vos tan fuerte que la gente se agolpó en la tienda a escucharlo. No era por la magistral ejecución, más bien era por que era un bicho raro, y como era común, pensaron los transeúntes que era otra atracción del establecimiento. Todo terminó hasta que Malvina lo sacó del brazo y lo obligó a partir canturreando: … Ahora verás lo es tener las alas rotas / Ahora sabrás lo es llorar por la derrota. / Lo que me trajo tu maldad no tiene nombre…

Manus scriptus

De mi nueva incursión en las redes de la Internet, he caído con algo sorprendente y curioso. Me he asombrado con este texto por el hecho de que está relacionado directamente con el arte de escribir y que este oficio, sea en muchas centurias después, si el escribiente llega a ser bueno, o si se localiza su escrito y nadie lo entiende (tal es el caso del manuscrito de Voynich) puede este ser fuente de estudio o simple lectura. Como aprendiz de escribiente me atrapó cierto sentimiento que no puedo describir más que una corriente eléctrica que llegó directo al hipotálamo. El Argentino Marcelo Dos Santos, autor de un libro dedicado completamente al Manuscrito de Voynich, diserta en Axxón (vínculo) sobre el manuscrito. Por razones obvias, no escribo sobre esto, que sea Marcelo el que les cuente el rollo. Como extremo raro en esta bitácora, escribo sobre lo que otros escriben, comprenderán al leer la historia mis motivos.

jueves, mayo 31, 2007

Maius Zompopo

zompopo. (Del maya zonm, hormiga, y popo, grande

Los Zompopos de Mayo son una de mis aficiones infantiles. Lo que más me agrada es que anuncian en silencio y con alfombras (amanecen en el asfalto) la entrada del invierno. La época de lluvia para ser más correctos, ya que en estos trópicos mayenses, existen únicamente dos épocas: lluviosa y seca.

La costumbre en el colegio era ponerlos a pelear. Un campeón podría durar hasta dos días. la preparación a la batalla incluía (cuando aún las tenían) la amputación de las alas. Luego de cada pelea ganada solía pintarles con corrector blanco un punto sobre la espalda, al muy estilo tribal.


Hoy en la mañana localicé sobre el capó del vehículo a dos en plena lucha, la fotografía la tomé con el teléfono celular, así que les debo la nitidez de la imagen.


En aquellos días en el recreo del colegio, podían concertarse hasta seis peleas. Los retadores sobraban. En ocasiones había que tener hasta tres púgiles para lograr, al final del día al menos con un campeón. Tiempos aquellos.

Espero que los ambientalistas y los amigos protectores de la naturaleza no me levanten juicio. Eran sólo juegos infantiles, obviamente crueles, sino carecerían de lo infantil del juego. Por cierto, se me olvidaba mencionar que a estas hormigas gigantes (un campeón puede medir hasta 2.5cm/1pulgada) les remueven la última parte de los mismos (el culito pues), el mismo se pone al comal y ya tostado, se come con tortilla y limón.

Saludos,

lunes, mayo 28, 2007

Metus I

Alonzo es una maraña de miedos. No es que él haya nacido con estas deficiencias, es nada más la consecuencia de las experiencias de vida que ha tenido.

Alonzo tiene tantos miedos y odios que en ocasiones lo paralizan completamente. Como el miedo a los actos públicos, protocolarios y sociales. El problema de todo no es en sí el acto, aunque en ocasiones lo exasperan, sin embargo lo que va aderezado a una invitación es lo que no le agrada en ninguna escala.

Existen ocasiones en que llegan las invitaciones para un té, la presentación de un libro, una graduación o una simple y llana boda. Alonzo únicamente hace nada más que observar el sobre y no abrirlo. Lo más que hace es colocarlo a trasluz, tratar de descifrar quién lo envía y para qué es el acto. Ahora es tan difícil saber quién envía qué, las invitaciones vienen sin remitente, las envían impersonalmente por un repartidor profesional y este las desliza por la rendija de la puerta y eso es todo. Nadie sabe quién la envía o cuál es el motivo. Existen sí, las que pudieran ser más fáciles de reconocer, sin embargo es todo un arte el descifrar, tanto así, que el explicarlo podría bien ocasionarle una lobotomía o un ataque existencial y consabidas secuelas de las que nadie quiere estar enterado, de tal forma que esto, por el bien de Alonzo y la humanidad lo dejamos fuera.

La gente es una desconsiderada, no se da cuenta de las complicaciones de hacer algo tan simple como invitar a un acto social a otra persona. Alonzo escucha un sonido suave y rápido. Es un sobre que alguien deslizó bajo la puerta.


Actuālis

(Entrada titubeante, bajo los efectos de tos producida por una densa nube de polvo, causada esta por la sacudida de la casa olvidada.)

En buena forma, agradezco a los necios y esperanzados lectores que visitaran el blog en busca de alguna actualización. Sepan disculpar mi ausencia, aunque imagino habrán los que pensarán que para qué agradezco, si ni falta que hacía. Libres todos de pensar lo que más les convenga.

No es inicio de año, acabo de novena o cuarenta días, así que no prometo nada. Únicamente esta entrada es provocada por mi necedad de seguir en estos cibernéticos lugares.

Realicé algunos cambios, me pasé a la nueva versión del blog y le agregué etiquetas a las viejas entradas. Le coloqué una foto al encabezado de la bitácora y cuando tenga tiempo o paciencia arreglaré otras cositas (la amplitud de las entradas, por ejemplo), sin embargo como no soy bueno en eso de los lenguajes de programación, me llevará tiempo.

Saludos pues, y a ver qué sale ahora, insisto y retomo, no prometo regularidad, ni existe quizá quién la solicite o necesite, más que este servidor de las letras.

Saludos pues,

Edwin Enrique Soria

lunes, marzo 20, 2006

Conversare

Este es un espacio para conversar sobre libros y literatura con lectores y escritores.

El formato será una serie de diez preguntas promedio, estas se harán llegar a los correos de escritores para que tengan tiempo de contestar y extenderse lo que deseen. No tengo una lista de referentes aún, iniciaré con los pocos contactos que tengo. Si alguien tiene el correo de alguna persona que deseara apareciera por acá, póngame un comentario con sus coordenadas electrónicas y les escribiré para hablar de esto.

Mi propósito hoy que inicio esto es tener al menos dos entrevistas por mes, esto significa que necesitaré de su ayuda, para contestar preguntas e información de posibles entrevistados. Es posible que al inicio todo fluya sin problemas, que tenga hasta mucho material, sin embargo luego se me agotarán los contactos...

Pensándolo bien no iré adjuntando entrevistas conforme pueda conseguirlas... No sé, el tiempo dirá cuál será la forma de construir este pequeño espacio.

Saludos,

Edwin Enrique Soria Juárez

http://conversare.blogspot.com/

jueves, marzo 09, 2006

Mocyclette

Entre los vehículos automotrices uno de los más míticos y consentidos es la Motocicleta. La “moto”, como se le conoce más, me asalta la memoria en este momento la canción aquella de súbete a mi moto, que cantaban los Menudo.

Este vehículo de dos ruedas ha creado a su alrededor muchas leyendas, desde la sensación que estas proveen —incluyan el ruido y la vibración que generan—, el hecho de ser económicas, hasta las consagración algunas casas que las fabrican. No digamos el hecho de ser un prototipo de masculinidad y que hay un programa en la televisión de una familia fabricante de motocicletas que genera una que otra eyaculación a ciertos fanáticos.

Antes que me digan digo:

  1. Mi mamá me advirtió desde que tengo memoria que si llego a comprar una moto que me olvide que ella existe y que compre de una vez mi caja de muerto.
  2. No sé manejar motocicletas más allá de las automáticas, esas que salen en películas europeas, muy juveniles ellas.
  3. Deseo una moto, quizá en mi crisis existencial de la edad madura consiga una de ellas, formaré una confederación de Búfalos Mojados —como diría un gran amigo—, vestiré en cuero y viaje el fin de semana a la Antigua a lucir el caballo motorizado.


Se preguntarán entonces por qué escribo esto, si tengo cierta afición por las benditas motos. Simple: odio a los motociclistas cuando ando en el carro.

Odio que puedan pasar en medio de las filas de carros cuando hay tráfico. No es envidia por que se puedan levantar más tarde y llegar más temprano que todos los que vamos en carro o en la camioneta. Es porque no sólo tengo que ir preocupado por el carro de adelante, el de atrás y los del carril de la par, sino que tengo que tener la vista en el retrovisor para observar si no viene un motociclista kamikaze colándose entre los dos carriles. Recién la semana pasada, un kamikaze motorizado de estos, enredó el manubrio de su motorizado homónimo en el espejo retrovisor de un carro que iba a la par del de mi esposa, luego de rebote fue a caer a la puerta del pequeño carro de Magdala, ese que con esfuerzo vamos pagando poco a poco y lo abolló. El homónimo que iba subido en el caballo motorizado cayó junto con su acompañante, la señora que iba con él se incorporó de inmediato e inició una perorata tremenda, furibunda e insultante. Alegaba culpa de los conductores de los vehículos por no hacer el espacio suficiente para que ellos pudieran pasar en el medio. ¡Qué de al pelo! ¡Cómo no Chon!

Debido a esta molestia desde ese día les declaré la guerra. Ahora viajo pegado a la línea que separa los dos carriles. Recibo insultos, bocinazos, señas obscenas y escupitajos. El lunes precisamente, fue tal su molestia que uno de ellos se me interpuso en el camino y paró la moto hasta que sus compinches pasaran.

No sé en qué va a parar esto, siempre y cuando no me tope con uno de esos que andan armado seguiré divirtiéndome en el tráfico matutino, viendo cómo hacen malabares y se enojan los caballos motorizados y sus homónimos sin motor. No es tanto lo que pido, nada más es que si son automotores que circulen como cualquier otro vehículo, al medio del carril y sin poner en peligro a los demás y a ellos mismos rebasando en espacios mínimos y a esas velocidades que lo hacen.


EE SJ

miércoles, marzo 01, 2006

Limitellus

Este es el límite. Hasta acá llega mi libro. El Dintel, el límite entre lo que escribí hasta el año pasado. He hablado mucho de él a estas últimamente. Estoy en forma total extinto en letras. Deberá pasar un buen tiempo para que retome todo lo que hay guardado, lo que tengo a medio empezar o nuevas ideas, quizás nuevas formas de escribir.

Ahora será decisión de algún consejo editorial, no quiero hacer otra publicación de autor. Mi trabajo en este rubro se circunscribe a escribir medianamente bien. Que otros decidan si vale o no la pena publicarlo en la editorial que manejan.

No más cambios. Nada que vaya más allá de puntos y comas, de cambios finos y sencillos para no estropear las ráfagas fulminantes que he creado. Decididamente es un libro que yo quisiera leer. El primero de muchos, espero.

Borraré algunos de las publicaciones hechas en este sitio de soliloquios personales. Pasarán a otro lado estos apuntes de letra muerta. Serán ahora una selección de ideas posmodernas (si cabe el término). Dejarán de ser sólo apuntes.

Este espacio está abandonado. Aunque por lo que veo es un oleaje (como diría Denisse), mareas alta y baja. Escribir y pulir. Regresaré con nuevos bríos en cuanto mis dedos pidan orientación cibernética.

Saludos cordiales,


Edwin Enrique Soria Juárez

P.D. Listado de apuntes que fueron primeras versiones acá. Luego de un buen tamizado y un puño de revisiones, son parte ahora de “El Dintel”:

Mullieris Infidelitas

Collectio

Solatis

Texere

Charta

Medicus Hippocraticus

Epitaphius

Sonitus

Ellipsis

Infectare


Post Scriptum: Si llega a salir a luz el libro, colocaré las versiones finales en lugar de los borradores. Saludos.

Superbus

Existen marcas que heredamos. Genes más bien. Los camanances de fulano, la nariz de zutano, el cabello de perencejo, las cejas de tal rama de la familia o el color de tez de la tía fulanita.

En mi familia algo que se hereda es la soberbia. A tal grado que la palabra contiene a nuestro apellido. Espero que mis familiares que lleguen a leer no se ofendan, nada más hago comentarios de lo que somos a raíz de mis observaciones. Si bien es cierto que algunos (más las mujeres) no tienen este mal desarrollado, sí lo poseen en estado latente, en cualquier momento salta y pasa a formar parte en primera fila del cúmulo de cualidades y defectos.

La falta de humildad, el egocentrismo, la arrogancia y la altivez, vienen de la misma cepa. Todas estas disfunciones de sencillez nos atañen. Llegamos al extremo de objetar algo aduciendo que ya lo conocemos, cuando esto no sucede así. Nos da pavor ser menores ante otros, más ante los propios de la familia. Las discusiones de este tipo pueden ser mortales dentro de una amena velada o una cálida tarde de domingo. Nos cegamos, cerramos en banda y tendemos a ofender casi de forma bélica.

Obviamente esto es algo personal, una reflexión infidente en voz alta. Los quiero familia, tomen esto con calma y cabeza fría.


Saludos cordiales,

Edwin Enrique Soria Juárez

viernes, febrero 17, 2006

Respondere

Amigo Felix,

Vamos por partes:


Antecedentes: En su momento tuve un Walkman para discos compactos: era mi adoración. Luego disminuyeron los viajes en bus, caí a ser choferote a transitar por las carreteras, hay veces que canto la canción de los camiones y me creo el Rey de los Caminos, la sátira me viene muy bien, más cuando me río de mis propias nimiedades. Vino entonces que logré conectarlo al viejo radio del carro con un adaptador de casete y pasé el sonido hacia las bocinas del carro y felices todos.

Voy a por tus respuestas.


Sé que tenés uno, recordás que te lo pedí para ver en la Biblioteca, pues esa fue la primera vez que tuve un ego en mis manos en tan pequeña presentación.


Creo que mi relación con este aparatito es de amor-odio, confieso que me gusta la tecnología, no puedo mentir sobre esto. Puede que sea cierto que como no tengo plata para comprarlo sea envidia. El que esté libre de tecnología que tire la primera piedra.


Vamos ahora a la actitud hipócrita y egoísta. No creo estar fingiendo, realmente me divierto, me agrada reírme, burlarme y aparentar la crítica polarizada cuando sólo intento puyar algunas panzas para crear polémica. Mea culpa. Al egoísta no lo veo en este post en particular, pero creo que tratándose de un lugar en el que pretendo que se me lea, tiene mucho de egocéntrica mi actitud.


Lo que si no creo es que esté adoctrinando, no creo que mis puntos de vista sean verdades completas ni que sea yo propietario de la absoluta verdad. Siempre existen tres verdades, la mía, la tuya y la verdad verdadera. Esa verdad, esa esquiva verdad es la que me empuja y motiva, esa verdad.


Por último, sé del aparatito como vos decís un buen poco, es porque le pregunté al Doctor Sabelotodo (google). Es decir que si voy a hablar de algo es porque estoy medianamente empapado de él.


Pensándolo bien, sí quiero uno, deseo un pequeño ego para saber si soportaría vivir al lado del que ya tengo, de mi mujer, de mis libros, de mis notas, mi colección de estampillas postales, mis fotos y mis nimiedades.


El Quique.

jueves, febrero 16, 2006

Iuncta

Relámpago y Lucero. Machos vacunos, castrados para desarrollar músculos. A su tiempo; despacio pero seguros, arrastraban a diario las trozas al aserradero. Nadie en el pueblo había conocido pareja más tranquila, fuerte y trabajadora. Tres yuntas habían hecho trizas y no porque fuera descompasado su andar.

Un día Lucero cayó allá por la pila de San Jullián. Relámpago jaló cien metros nada más, hasta que cansado cayó en cuenta que Lucero no trabajaría más.

El Sapo es el nuevo compañero de Relámpago. Dos días han tratado de que trabajen juntos. Relámpago, al llegar a la pila cae recuerda a Lucero y confía en que el Sapo lo arrastre cien metros.

Prefirieron dejarlos pastar. Al liberarlos, El siempre impasible Relámpago empujó al Sapo, una vez, otra vez y otra. El Sapo se alejó unos cuatro cuerpos, volteó a verlo y arremetió hacia el Relámpago. Aquel melancólico buey alzó la mirada y esperó una certera cornada en el cuello sin moverse un solo centímetro.

Edwin Enrique Soria Juárez

martes, enero 17, 2006

egoPotere

No había pensado realmente en la relación que existe entre el egocentrismo y el juguete tecnológico de moda: el yoPuedo –El iPod–, algún atisbo había llegado a mi entender pero no tan sólido como hoy. Si bien es cierto que los audífonos y los aparatos que se conectan a ellos han sido por nuestros padres repudiados so pretexto de individualismo, enajenación y ausencia de realidad; el novedoso yoPuedo es la cumbre de esta montaña.

Si usted no está enterado, este aparatito que responde al nombre de iPod —el cual proviene del latín egoPotere— porque aunque usted no crea goza de vida propia. Tiene la capacidad de ser conectado a casi cualquier cosa. Provee la certeza de almacenar en uno de sus modelos más capacitados 17 horas continuas de música, sí usted leyó bien, 17 horas de egocentrismo puro. Egoísmo. Auto encapsulado. Usted en su propio mundo con su propia música. Puede colocar al igual que en cualquier película el tema necesario para realizar tareas cotidianas, preámbulos de conquista, faena difíciles, viajes a través del pesado tráfico o del espacio sideral. Puede celebrar a ritmo de “We are the champions” una nota universitaria. Todo lo puede con el egoPotere. Todo.

No se preocupe por no ser políticamente correcto al utilizarlo, déle rienda suelta a su individualidad. Es posible que se le tache de egoísta. No importa, puede repudiarlos con un tema a su elección y cantarlo a viva voz.

En determinado momento usted puede lucir ropa que tiene la gracia de ostentar un apartado especialmente diseñado para su egoPotere. Desde sudaderas hasta ropa interior. Los accesorios no se hacen esperar. Los hay desde camas con sistemas integrados de voz e imagen —el cual es alimentado desde su pequeño ego—, hasta convertidores que funcionan como cargadores a la vez que le proveen señal de salida para su sistema de audio convencional, incluyendo el del vehículo.

Es posible personalizar el aspecto pulcro de su pequeño ego electrónico. Cambiarle el albo color es sencillo. Existen carátulas/tatuajes que permiten colocar alegóricamente vistosidad al bichito en cuestión. Así usted puede seleccionar lo que la ocasión le obligue.

Este ego electrónico, es lo último en tecnología. Este aparato ego centrista y envidioso es sinónimo de estatus. Úselo, atrápelo, sienta la tersura de sus teclas, lleve a su máxima expresión el consumo y el disfrute de escuchar música plana sólo para usted.

Edwin Enrique Soria Juárez

martes, enero 10, 2006

Libris

Desde hace un año que mi estudio estaba ocupado con cajas. El hacer las modificaciones en la casa y la mudanza de mi costilla provocó que sirviera de bodega. Libros, ropa de cama, ropa sin uso, fotografías, computadora vieja y polvo me dieron la bienvenida el Domingo al abrir el cuarto y querer habilitarlo nuevamente.

El polvo me atacó la nariz, la alergia me tiene moquiento. Sin embargo gozo el hecho de limpiar, ordenar y acariciar a mis libros. La colección que me regaló (la robé, lo acepto) mi tío Luis, los de religión, los de filosofía, los de literatura, las revistas, los de ingeniería, los de psicología. Todos están ahora ordenados, a un minuto de pensar en que lugar de la librera están, luego de un repaso visual aparecen. Mis libros están consultables nuevamente.

No he vuelto a escribir desde mi casa, esa computadora vieja que sirve de máquina de escribir nada más tronó la disquetera. Así que las letras que allí deposito no puedo sacarlas con facilidad. Es menester para este año agenciarme de una nueva. La tesis de mi costilla y la necesidad de corregir mi libro en horas en que no tengo acceso a la computadora de la oficina hacen urgente esta compra. Ojala la plata aparezca por allí, pidiendo sea utilizada en una nueva máquina de escribir moderna.

No sé si el hecho de atesorar mis libros tanto sea un mal. Hay algunos que los he perdido o prestado y que no aparecerán nunca más, con que alguien más los haya leído me doy por bien pagado. Sin embargo los que tengo los atesoro, no quiero prestarlos y me reconforta el hecho de tenerlos.

Igual en la computadora del trabajo tengo versiones electrónicas de varios libros, esos gratuitos en la red son una gran cosa. ¿Será todo esto pura vanidad, algún tipo de avaricia? No sé, ni me interesa. Estoy bien con mis libros y el sentimiento de poseerlos.


Edwin Enrique Soria Juárez